En el marco del Día Internacional de la Mujer, y como parte de los esfuerzos por promover entornos laborales más inclusivos y libres de violencia, en la sesión del Comité de Diversidad e Inclusión de AMCHAM Ciudad de México “Mujeres que transforman: liderazgo, inclusión y construcción de espacios libres de violencia”, se llevó a cabo el taller “Prevención de violencias laborales: del cumplimiento a la transformación organizacional”, impartido por Paulina Madero de Oleadha. El espacio tuvo como propósito reflexionar sobre la construcción social del género, los estereotipos que siguen moldeando la experiencia de las personas, y las acciones que las organizaciones pueden impulsar para prevenir la discriminación y las violencias en el entorno laboral.

El contexto histórico y social de la conversación

Como punto de partida, se propuso entender el 8M como un día de conmemoración y reflexión, vinculado a procesos históricos que evidencian las desigualdades estructurales que han enfrentado las mujeres. En este contexto, se retomaron algunos hitos relevantes tanto en Estados Unidos como en México, entre ellos las primeras movilizaciones por igualdad salarial, los antecedentes del sufragio femenino y la evolución del reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres. A partir de ello, se subrayó la importancia de seguir generando estos espacios de análisis para comprender por qué estas conversaciones siguen siendo necesarias en la actualidad.

Estereotipos, prejuicios y violencias cotidianas

Uno de los ejes centrales fue la reflexión sobre los estereotipos de género y las expectativas sociales que siguen definiendo lo que se espera de las mujeres y de los hombres. Se planteó cómo estas ideas, a menudo contradictorias e inalcanzables, se reproducen en distintos espacios sociales y terminan por condicionar la forma en que las personas son percibidas, evaluadas y tratadas. En este marco, se explicó que los estereotipos son creencias simplificadas y generalizadas sobre determinados grupos y que, cuando no se cuestionan, pueden derivar en prejuicios y, posteriormente, en actos de discriminación o violencia.

Asimismo, se destacó la importancia de identificar las violencias cotidianas y las llamadas “acciones micro”, entendidas como comentarios, bromas, exclusiones o prácticas normalizadas que, aunque en apariencia menores, contribuyen a sostener desigualdades más profundas. Desde esta perspectiva, se retomó la teoría de Johan Galtung para señalar que las formas más visibles de violencia no ocurren de manera aislada, sino que se sostienen sobre una base más amplia de prácticas y narrativas que las hacen posibles.

 

La interseccionalidad como herramienta de análisis

Otro de los conceptos centrales es la interseccionalidad. Las personas experimentan inclusión o exclusión social de manera diferenciada según la combinación de factores como género, edad, orientación sexual, discapacidad, situación socioeconómica, corporalidad, lugar de origen, raza o etnia, entre otros. Bajo este enfoque, se subrayó que no existe una experiencia única de discriminación o violencia y que, por tanto, las respuestas institucionales requieren considerar la diversidad de contextos y trayectorias de vida que atraviesan a las personas.

En línea con ello, se compartieron algunas cifras sobre discriminación y violencia en México, que permitieron contextualizar la persistencia de creencias excluyentes y su impacto en distintos grupos de la población. Entre otros datos, se destacó que una parte de la población continúa justificando la violencia contra las mujeres, reproduciendo prejuicios en torno a la violencia sexual o expresando rechazo hacia la participación política de personas LGBTIQ+, así como estereotipos asociados a la edad. Estos elementos permitieron abrir una reflexión sobre la normalización de ciertos discursos y la necesidad de impulsar respuestas más integrales desde las organizaciones.

 

Centros de trabajo como agentes de cambio

A partir de este diagnóstico, se planteó la relevancia de los centros de trabajo como agentes de cambio. Se destacó que las empresas tienen la responsabilidad de garantizar la igualdad, la no discriminación y una vida libre de violencia mediante sus políticas, procesos y operaciones diarias. En este sentido, se retomaron algunos avances en materia laboral, como la obligación de contar con protocolos de actuación y mecanismos de denuncia seguros, la no tolerancia a actos de violencia, acoso u hostigamiento sexual, la incorporación de políticas vinculadas a los riesgos psicosociales y el fortalecimiento de la capacitación para prevenir y eliminar la violencia contra las mujeres.

Asimismo, se enfatizó que la prevención no debe entenderse únicamente desde una lógica reactiva ni centrada en la sanción individual. Por el contrario, se propuso avanzar hacia un enfoque de derechos humanos que permita transformar el espacio laboral, fortalecer la confianza en los procesos internos, incorporar medidas de reparación integral y revisar las narrativas con las que tradicionalmente se ha abordado la violencia. Esto implica transitar de una aproximación centrada exclusivamente en la conducta individual de quien agrede a una mirada más amplia sobre las condiciones institucionales que permiten o inhiben dichas conductas.

Buenas prácticas para la prevención y atención

Como parte de la reflexión, se compartieron elementos que pueden orientar la implementación de mejores prácticas en las empresas. Entre ellos, la importancia de contar con un compromiso real a nivel institucional; realizar diagnósticos para identificar riesgos y buenas prácticas mediante cuestionarios y entrevistas; implementar medidas de prevención, mitigación y cese de conductas violentas o discriminatorias; fortalecer la difusión y la comunicación internas; y monitorear de manera continua los resultados de las medidas adoptadas. Desde esta perspectiva, no basta con reaccionar ante las exclusiones una vez que ocurren, sino que el reto es dejar de producir las condiciones que las hacen posibles.

Desde AMCHAM, este tipo de espacios contribuye a fortalecer la capacidad de las empresas para identificar riesgos, revisar sus prácticas internas y avanzar hacia entornos laborales más seguros, inclusivos y respetuosos de la dignidad de las personas. Convencidos de que el sector empresarial es un agente de cambio, el reto es traducir estas reflexiones en acciones concretas que impulsen transformaciones reales y sostenibles, capaces de impactar no solo en el interior de las organizaciones, sino también en el entorno social en el que operan.

AMERICAN CHAMBER/MEXICO
Ciudad de México | 25 | marzo | 2026